1 jul. 2012

El Frente Cívico que plantea Anguita debería ser el pueblo tomando el poder, constituyéndose en Poder Popular

JAVIER PARRA en larepublica.es

Intevención en Sabadell el 29 de junio de 2012

El mundo se está derrumbando ahí afuera y a muchos les ha pillado con el pie cambiado. Les ha pillado con el pie cambiado a los sindicatos, a los partidos, y a la propia mayoría social que ha entrado en un estado de pánico fomentado por los medios.
En un momento en que el ataque a los trabajadores no tiene comparación en el último siglo, podría sorprender la incapacidad de los sindicatos para hacer frente a ésta situación. Podría también soprender la incapacidad para movilizar a los trabajadores, y podría sorprender la incapacidad para parar un país por completo en una Huelga General. Pero no tiene nada de sorprendente.
La verdad es que esta incapacidad viene causada por varios factores:
-La principal es porque la mayoría de los trabajadores no se sienten representados ni defendidos por los sindicatos. Y esto es porque en muchas, muchísimas ocasiones han perdido el norte y se han preocupado más por defender sus lentejas que por defender el pan del obrero..
-Otra causa es que la generación que hoy está en la cúpula del sindicato es la generación a la que la generación de Marcelino Camacho (con todos sus errores) se lo dejó todo hecho. Sólo se dedicaron a gestionar lo que ya había, no a conquistar nuevos derechos. Por eso, en una situación como la actual ya no es que no quieran afrontarla; es que no saben cómo afrontarla.
-Y por supuesto otra razón (aunque hay muchas más), es que el discurso antisindical ha calado muy hondo, que recordemos que es un discurso fascista. Fascista. Y esto es lo más peligroso. Porque nosotros, que creemos en la necesidad de los sindicatos, a veces tenemos muy difícil hacer comprender al trabajador la necesidad de éstos, ¿por qué? porque en muchos casos la práctica sindical luego no nos acompaña.
Y digo esto como afiliado a CCOO y desde el convencimiento de que es necesario recuperar el sindicato. Y desde la tranquilidad de saber que hay muchos compañeros sindicalistas que están luchando por ello, que son un ejemplo a seguir, y que son la razón por la que yo siga militando en el sindicato.
Incapacidad de los partidos
También podría sorprender la incapacidad de las organizaciones políticas de izquierdas de canalizar la rabia, el descontento, el miedo y la inseguridad que está generando la crisis, para coger el toro por los cuernos y si no tomar el poder para cambiar las cosas, al menos sí indicar a la gente cual es el camino para hacerlo.
Y esta incapacidad de los partidos tampoco debe ser sorprendente. Tiene sus causas:
-La principal, según mi opinión, ha sido durante muchísimos años dejar la ideología en un segundo plano y actuar siempre de una manera pragmática, sin un proyecto a largo plazo que vayamos cumpliendo, y pensando siempre más en las siguientes elecciones que en objetivo final, y así, año tras año, se han ido tejiendo alianzas incluso contra natura que han ido debilitando y disolviendo a las organizaciones.
-Otra razón es que hay mucha gente, muchos dirigentes, que llevan viviendo de la política desde hace 20 o 30 años y no saben hacer otra cosa, y en esas circunstancias a veces es dificil ponerse a hacer la Revolución en serio. Ojo, no estoy diciendo que la gente no tiene que tener una remuneración si dedica el 100% de su tiempo a ésto, sólo digo que en el momento que pierdan el rumbo deberían ser apartados y pasar a un segundo plano.
-Otra razón muy importante ha sido que la democracia interna ha dejado mucho que desear durante muchos años, y es un tema que aún no está del todo resuelto. Esto ha hecho que mucha gente se haya ido quedando por el camino, cansada, desilusionada, y harta de pelearse con quienes supuestamente con sus compañeros.
Y dicho esto que vayan por delante tres cosas: que creo en la necesidad de los sindicatos, que creo en la necesidad de los partidos (por supuesto yo trabajo para reforzar el mío) y que es necesaria la unidad de acción, que no es lo mismo que la unidad por la unidad.
Pues bien, ¿en qué situación nos encontramos?
Nos encontramos bajo un régimen de explotación capitalista articulado a través de un sistema representativo burgués al servicio de una dictadura financiera internacional que ejerce un poder absoluto e implacable sobre las estructuras estatales y locales de los Estados, y sobre la vida, los derechos y las aspiraciones de la inmensa mayoría de la población, y especialmente de las clases populares.
Se dice que la democracia representativa es aquella en la que el pueblo – titular del poder político – elige a sus representantes para su integración en las distintas
instituciones que ejercen funciones de mando (Congreso de los Diputados, Senado, Parlamentos Autonómicos, Ayuntamientos…).
Esta forma es la que ha venido implantándose en la mayoría de los países del mundo a partir del siglo XVIII y podemos decir que no ha sufrido modificaciones importantes en cuanto a la manera en la que el pueblo participa en las decisiones políticas, que no es otra que la de depositar una papeleta cada cuatro años para elegir a sus representantes, sin volver a intervenir en política hasta una vez transcurrido otro periodo similar.
Esto, que en la época de la Revolución Industrial y durante mucho tiempo después pudo tener alguna justificación, empieza a dejar de tenerlo en pleno apogeo de la Revolución Tecnológica y en la Era de las Comunicaciones, donde, como si se tratase de una cuestión biológica e incluso evolutiva, el ser humano tiende a tener la necesidad de interactuar, no sólo con su entorno, sino también sobre muchos ámbitos que lo transcienden, siendo la política a todos los niveles uno de ellos.
Sin embargo, no es ésta la razón de que la democracia representativa sea cada vez menos incapaz de representar. Esto podría ser a lo sumo una invitación a reinventarse, a adaptarse. Lo que realmente ha condenado a muerte a la democracia representativa ha sido la sumisión de la política a eso que llamamos “los mercados”, es decir, al capitalismo, cuyas leyes han acabado por prevalecer por encima de cualquier otra, incluso de las Constituciones de los países occidentales supuestamente más progresistas.
Las acciones cotizan en Bolsa cada día, y sus números influyen de manera contínua sobre los gobienos, al igual que lo hace el FMI, el Banco Mundial y otras entidades financieras internacionales.
Sin embargo, la participación del pueblo en la política sigue estando limitada a cuatro, cinco o seis años, dependiendo del país.
Por tanto, si atendemos estrictamente al significado de ambos conceptos, “democracia” y “representativa”, siendo la “democracia” una forma de organización en la que el poder reside en la totalidad de sus miembros, y “representativa” la capacidad de representar que tienen las instituciones y sus cargos públicos, podemos concluir que la propia fórmula democrática ha dejado de tener validez, ya que el poder real recae sobre grupos de poder e individuos que no han sido elegidos para ello, y que por tanto no representan al pueblo.
¿Y en qué condiciones nos encontramos nosotros?
Pues desgraciadamente en una coyuntura de extrema debilidad de las organizaciones políticas obreras, así como de los sindicatos de clase, para hacer frente a la actual situación, pero en un momento en el que sin embargo se está produciendo una creciente efervescencia social de las aspiraciones de emancipación de los sectores más conscientes de la sociedad.
En un momento en el que además el miedo y la desesperación se empieza a adueñar de las capas más empobrecidas de la sociedad. Un miedo provocado, deliberado… con el que se pretende inmovilizar a la sociedad. Por eso ahora nuestra tarea principal debe ser la de movilizar, señalar a los culpables y quitarle el miedo a la gente.

Por todo esto fue por lo que hace unos meses en la Agrupación Local de PCE de Paterna empezamos a desarrollar una serie de debates sobre el “qué hacer” ante la actual situación. Ante una situación en el que un régimen colapsa y precede a otro nuevo régimen económico y político cuya forma dependerá de quién gane esta batalla de ideas; esta batalla política; esta batalla en la calle; esta batalla cultural que estamos librando entre otros, quienes estamos hoy aquí.
Y de aquellos debates, en los que analizamos numerosos procesos sociales a lo largo de la historia, se concluyó lo único que podría concluirse: que es necesario abordar con plena consciencia la tarea de constituirnos como un poder enfrentado al poder establecido.
Y cuando hablamos de ésto no hablamos de constituir una nueva fuerza política, no hablamos de constituir un partido, no hablamos de ganar unas elecciones. No. De lo que hablamos es de constituirnos como poder. De que la inmensa mayoría de la población se sienta más representada por ese poder que por el poder que les oprime. Y ese deberá será el primer paso para la toma del poder.
Pero no estoy diciendo nada nuevo ni nada que no haya sucedido antes. Son procesos que han tenido a lo largo de la Historia diversas expresiones: unas violentas y otras pacíficas.
En el pequeño ensayo que publiqué hace unos meses sobre PODER POPULAR hago un repaso de algunos procesos de empoderamiento popular a lo largo de los últimos 20 siglos.
El Poder Popular es ni más ni menos que el poder del pueblo organizado en las más diversas formas de participacíon para la toma de decisiones en todos sus ámbitos (político, económico, social, ambiental, organizativo, internacional…) y para el ejercicio pleno de su soberanía.
Soberanía en cuanto al desarrollo del poder legítimo que tenemos para poseer pleno derecho de nuestros dominios, y que ejercemos como personas, como colectivos, como pueblos, como gobiernos,como estados…
En el contexto actual, en el que un orden antidemocrático gobierna los asuntos públicos y la vida de cada ciudadano, y lo hace además a través de organismos presuntamente democráticos, pero que ya no tienen ni voluntad ni capacidad para cumplir su función, se torna de nuevo una necesidad histórica la construcción de un Poder que supere el marco político e institucional establecido, que de manera transversal confronte
dialéctica y efectivamente con él, expropiando el poder a las clases dominantes al tiempo que empodera a las clases populares, hasta el punto de que ese nuevo poder vaya haciéndose hegemónico frente al poder establecido.
El Poder Popular son, por tanto, mecanismos mediante los cuales se van transfiriendo de manera inmediata o paulatina las funciones de planificación, presupuestos y toma de decisiones, empoderando a la sociedad y transformando la democracia representativa burguesa en democracia participativa y popular.
Con frecuencia, la Historia parece quedarse estancada durante largos periodos de tiempo y de repente se produce una precipitación repentina de acontecimientos que hacen evolucionar la conciencia de los pueblos con una rapidez extraordinaria.
En realidad, ningún cambio en éste sentido es repentino, sino que es resultado de un proceso de acumulación de circunstancias y contradicciones, que como un cazo de agua puesto al fuego no aparenta sufrir ningún cambio hasta que la temperatura alcanza el punto de ebullición y el agua empieza a convertirse en vapor. Así es como se producen los procesos sociales, durante años puede parecer que todo permanece inalterable y de repente se alcanza el punto de ebullición y empieza a producirse un cambio de estado.
2011 fue uno de esos años en los que los acontecimientos empezaron a precipitarse de manera vertiginosa y las circunstancias políticas y sociales, así como la conciencia colectiva, se empezaron a ver transformadas en un corto espacio de tiempo. Conceptos impensables de ser puestos encima de la mesa hace un par de años empezaron a entrar dentro del campo de lo posible y a salir del armario de la indiferencia.
Uno de esos conceptos es el de República.
Desde hace varios años, cuando he participado en un acto como éste he venido diciendo lo que diré hoy aquí: que la República está cerca, que está casi a la vuelta de la esquina. Que desde tiempo se han empezado a desatar todas las fuerzas que estaban aprisionadas desde hace años y que la Monarquía tiene el tiempo contado, lo cual no significa que una vez caiga tengamos en este país una República siquiera parecida a la que se proclamó en España en 1931.
Porque a quienes ya les empieza a molestar la Monarquía no es sólo a nosotros, a las gentes de izquierda, comunistas, socialistas de verdad, republicanos… sino también a buena parte de la derecha que seguramente no querrá una República como la que nosotros podemos defender.
Por eso, más que plantear la pregunta ¿Monarquía o República? tenemos que empezar a plantear ¿Qué República? Y debemos contestar esta pregunta al tiempo
que vamos construyendo ese contrapoder enfrentado al poder neoliberal-borbónico que empiece a ganar autoridad moral y representatividad entre los ciudadanos.
Tenemos que ligar la creación de ese Poder Popular a nuevas formas de entender la democracia, la economía, la participación, la justicia, la educación, la cultura, incluso la seguridad, las fuerzas armadas; incluso el propio concepto de España.
Y esto no tiene nada que ver con partidos, con elecciones, con sindicatos… pero sí creo que debe hacerse desde una óptica de clase; no desde una óptica interclasista.
Y quiero ligar todo esto a comentar un asunto que nos ha sorprendido y nos ha alegrado a todos: la vuelta a la primera línea de combate de Julio Anguita.
El viernes 22 de Junio después de que aquí en Sabadell anunciase su retorno a la primera línea levantase una gran expectación, Julio desarrolló en un texto titulado “Somos Mayoría” y publicado por el Colectivo Prometeo su propuesta de crear un Frente Cívico para transformar nuestro país.
Como ya he dicho, soy una de las muchas personas a las que le alegró que vayamos a poder contar con Julio de una manera tan decidida, fundamentalmente porque el retorno de Julio es sobretodo el retorno de un referente de honestidad política en un tiempo en el que la palabra “política” se ha convertido en una palabra maldita para el pueblo.
Dice Julio que “no hay fuerza política alguna que en solitario y en el ámbito específico y único de su actividad, sea capaz de asumir la tarea de poner fin a esta situación”, que “no hay fuerza sindical que sea capaz de representar a este inmenso colectivo que constituye la mayoría”, y que “no existe ningún economista o colectivo de ellos que a palo seco y con sus ecuaciones, estadísticas y teorías, sea capaz, desde la pizarra, de plantear una salida viable y en positivo a este desconcierto”.
Lo que Julio quiere, según ha dicho en algunas entrevistas desde entonces, es que la gente se implique en política, no entendida ésta como la política de partidos, sino en cuanto a la participación en los asuntos públicos.
Y para mí, el gran valor que tiene su propuesta, es que llama a la gente a luchar, pero cuando le preguntan ¿cómo organizarse?, él contesta: “no lo sé, como quiera la gente”.
Por eso, desde mi humilde punto de vista, y como he manifestado y como se lo quiero trasladar a Julio directamente, el futuro de ese frente cívico no debería desembocar en un intento por germinar ninguna nueva organización política que sustituya a los partidos
políticos y los diluya en su interior para conformarse en una nueva masa heterogénea en la que quepa todo.
¿Por qué?
Por muchas razones, pero por dos fundamentalmente:
-Primero porque desataría una lucha y un conflicto interno dentro de nuestras organizaciones que seguramente acabaría mal, y seguiríamos insistiendo en un camino que sólo nos ha traído problemas.
-Y segundo porque la propuesta de Julio puede ser mucho más potente, mucho más amplia y mucho más poderosa.
Julio ya ha señalado en su texto que el papel de los partidos y los sindicatos es necesario, por lo que no parece que vaya ser éste el caso, al menos desde el punto de vista de Julio, que espero que sepa proteger y hacer proteger el espíritu de su propuesta, sobretodo de quienes muy probablemente aprovecharán para volver con la cantinela que hay que acabar con los partidos para promover un proyecto nuevo que los supere.
Con esto no quiero decir que haya que renunciar a la unidad de acción. Al contrario, la unidad de acción en estos momentos es necesaria, más necesaria que nunca. Y yo, como comunista estoy convencido de ello. Pero si desde nuestras propias organizaciones no tenemos unos principios ideológicos sólidos, si no sabemos lo que queremos y lo que proponemos, no podremos ir a otras organizaciones y decirles: “vamos a unirnos en base a éste programa, para hacer esto, y exclusivamente esto”. Lo contrario, unirse por unirse, la unidad por la unidad, y eso, en mi opinión, tiene los pies de barro.
Por eso, frentes como el que propone Julio son necesarios, pero siempre sin que renunciemos a la ideología y a la fortaleza de nuestras propias organización.
Pero sin embargo sí debe impregnar a todas las organizaciones a través de la participación individual de sus miembros, aunque nunca subsumirlas. Y en el caso del Partido, del Partido de Julio, del Partido de muchos, también mi Partido, ningún Frente Cívico puede ni debe reemplazar sus tareas políticas, ideológicas y organizativas.
La propuesta de Julio abre un debate que seguramente será muy rico e ilusionante. Mi aportación a ese debate, y que también trasladaré a Julio cuando tenga la oportunidad de reunirme con él, es que ese Frente Cívico que propone sea un movimiento de empoderamiento del pueblo; un movimiento que se constituya como poder; un movimiento también de regeneración que impregne a partidos, sindicatos, instituciones. Un movimiento que se lleve por delante lo que no valga, y que recupere lo que haya que recuperar. Y si se tiene que llevar por delante el régimen, que lo haga, pero para ello debe constituirse como contrapoder frente al poder establecido.
Un contrapoder que por supuesto actuase también a nivel local Por lo que he visto esta semana, se están constituyendo muchas asambleas locales en toda España para apoyar la propuesta de Frente Cívico. No sé qué recorrido tendrá eso, pero si se lograsen impulsar mecanismos de Poder Popular a nivel local con una idea muy clara de lo que son y de lo que deben perseguir, y con una coordinación estatal, estaríamos dando un paso de gigante.
Repito que ésto no tiene nada que ver con partidos ni con elecciones, sino con el pueblo empoderado.
Y si algo tenemos que tener claro es que si empieza a pasarse de la crítica a la construcción, de la sumisión al empoderamiento, será cuando se desaten todas las fuerzas del régimen para protegerse de cualquier movimiento que pretenda cambiar las relaciones de producción e intente arrebatar a las clases dominantes el poder que ejercen sobre las instituciones presuntamente democráticas. Mucho más si de lo que se trata es de constituir un Poder que establezca la hegemonía de los trabajadores y las clases populares sobre las clases dominantes y las oligarquías financieras.
Por supuesto, las vías para alcanzar ese empoderamiento total dependerán mucho de la correlación de fuerzas, de la organización del pueblo y los trabajadores, y de la audacia de los protagonistas en los momentos de máxima confrontación entre los ciudadanos durante su proceso de liberación y los mecanismos represivos de un sistema en proceso de destrucción.
Por eso, si esperamos sentados podemos tener claro que la República llegará, pero no será nuestra República, no será la República del pueblo. Será la República de los mismos que hoy tienen el poder. Sólo cambiará un rey por un Presidente.
Pero si tenemos claro que no queremos seguir siendo súbditos y que queremos el poder en nuestras manos, entonces no esperaremos a que nos lo concedan. Lo tomaremos. Nos constituiremos en Poder; en el Poder del Pueblo. Y así si. Así sí conquistaremos nuestra República.

Por mi parte nada más. Muchas gracias.

Viva el Pueblo y Viva su República

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